Este verano devoré, entre otros, el libro "FIN" de Javier Monteagudo. La historia me atrapó enseguida y me pasé varios días con el libro arriba y abajo hasta que lo acabé. Llegar al final era una necesidad imperiosa.
Página tras página esperaba para todo aquél desbarre una explicación lógica, verosímil, algo que pusiera en orden mi cabeza y todos aquellos acontecimientos surrealistas, que avanzaban sin rumbo y a toda pastilla por la senda de lo onírico/psicotrópico.
No sé, que al final todo fuera un sueño, o que los protagonistas (un grupo de amigos que se reencuentran en una cabaña en el bosque pasados los años) hubieran muerto por una lata de foiegras en mal estado (al puro estilo Monty Phyton)...¡algo!
Pero no, no llegó un final ni feliz, ni esclarecedor de los hechos, ni lógico.
Llevo días pensando mucho en el FIN. En los finales. Muchos finales estamos acaparando las Másqueperras este año, parecería que más de los que podemos soportar. Pero seguimos teniéndonos, somos nuestro mayor tesoro, nuestra fortaleza inexpugnable, el AMOR con mayúsculas que no nos deja caer al abismo. Creo que ahora, desde una cierta serenidad, he entendido en qué consisten: los finales llegan y no hay que intentar entenderlos, sólo aceptarlos.
Un ser amado que nos deja, un amor que se acaba, un libro que te atrapa, un plato exquisito, una noche de placer ... nunca querríamos que llegaran a su FIN, pero su cualidad de efímeros es lo que realmente lo hace todo mucho más interesante. La eternidad debe ser aburridísima.
Sí, duele, algunos finales joden, desesperan, trastocan, pero otros principios vendrán detrás. Y lo más importante: lo habremos vivido.
"Ya sé que no somos una panda al estilo de antes. Pero no es necesario tener principios, lo importante es tener finales " (tergiversando al poeta Balmes)






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